Llevaba meses sin escribir un maldito relato decente. Ni siquiera conseguía encajar cuatro frases con sentido. Por más que me sentaba delante de la máquina de escribir las palabras no salían. Estaba seco de ideas.
No escribía casi el mismo tiempo que llevaba sin probar el alcohol. Al menos que yo recordara. Los médicos siempre me habían prohibido que bebiera tanto. Nunca les hacía caso. Hasta el día que me dijeron que si tomaba un par de copas más moriría.
No temo a la muerte, pero Sara, mi mujer, me hizo prometer que no volvería a beber. No quería perderme y quedarse sola.
A medida que pasaban los días, la inspiración iba desapareciendo. Cada vez mis relatos eran más malos e incoherentes. Progresivamente perdían su chispa y genialidad.
Recuerdo cuando era joven. Cuando cada noche de fiesta era un relato en si. Salía siempre después de cenar, tomaba unas cuantas copas y las historias se presentaban solas. Al día siguiente, después de despertar en casa de alguna desconocida, o sólo dentro de mi coche, volvía a casa arrastrando la resaca. Tomaba algo para desayunar, café con tostadas normalmente y me sentaba frente a la máquina de escribir durante horas.
Cuando encontré a Sara, mi actual mujer, tuve que dejar de ir a casa de desconocidas. No me importaba, al principio salíamos los dos juntos de fiesta y nos metíamos en líos. Años después Sara dejo de acompañarme, se cansó de salir todas las noches e ir con resaca al trabajo. De todas formas, no me importaba, salía sólo, me metía en los mismo líos y conocía a gente nueva casi todas las noches. Por las mañanas siempre seguía el ritual de cafe, tostadas y máquina de escribir.
Todo se torció el día que al despertar tuve que ir corriendo al baño para vomitar. Nunca me había pasado pero no le di importancia. Como todo, lo atribuí a la edad, empezaba a hacerme mayor y no tenía el aguante de un veinteañero.
Días después me volvió a pasar lo mismo, nada más despertar tuve que correr al baño para no dejar el suelo perdido de vómito. Sara empezó a preocuparse. Me decía que fuera al médico, que tenía mala cara. No le hice caso. Desde entonces siempre discutíamos por lo mismo.
Al poco tiempo, la escena de estar arrodillado frente al baño vomitando, empezó a volverse repetitiva, casi diaria. No sólo por las mañanas al despertar, si no muchas veces después de comer también me pasaba.
Finalmente, con tal de no escuchar a Sara reñirme fui al médico. El doctor dijo algo relativo a tener el interior hecho mierda y que si seguía bebiendo con tanta frecuencia moriría.
Estaba dos semanas sin beber y los vómitos desaparecieron. Al igual que mi genialidad. En ese momento le echaba la culpa a la depresión por no poder salir y sentirme enfermo.
Al ver que los síntomas desaparecían volví a beber. Primero sólo un par de copas después de cenar. Pero poco a poco volví a las andadas. Los vómitos habían desaparecido. Volvía a estar inspirado y volvía a escribir.
Conseguí terminar mi última novela justo antes de que volvieran los síntomas. Pero esta vez fue a peor. Al volver a casa una noche, me desmayé en la entrada de casa.
Dos días después me desperté en el Hospital General. Sara me había encontrado tumbado en el suelo rodeado de mi propio vómito. Me contó que vino una ambulancia, que despertó a todo el vecindario y me llevó al hospital. Durante dos días estuve inconsciente y los médicos no sabían si viviría.
En el hospital, antes de recibir el alta, el doctor insistió en que dejara definitivamente la bebida. La próxima vez podría no tener tanta suerte.
Desde entonces no he tomado ninguna copa y definitivamente había dejado de escribir. Sara intentaba animarme pero sólo conseguía enfadarme. Siempre discutíamos por lo mismo. La mayoría de las veces descargaba mi frustración sobre ella.
Algunos días, después de horas discutiendo, ella o yo terminábamos yéndonos a casa de algún amigo o amiga hasta que las cosas se calmaran. Siempre acabábamos volviendo y disculpándonos.
La última discusión, hace poco menos de una hora, terminó con Sara gritándome desde la puerta de casa, mientras salía hacía casa de su amiga Amanda. Dejar de ser un mismo no es fácil y resulta frustrante. Dejar de lado, el alcohol, las fiestas, todo lo que me hizo ser lo que era. Sin escribir era un inútil que no sabía vivir en el mundo real.
Después de pensarlo durante unos instantes. Fui al estudio, aparté unos tomos de la enciclopedia y saqué la botella de four roses que guardaba para las emergencias. Me serví una copa y dejé la botella junto a la máquina de escribir y me senté. Si tengo que morir que sea haciendo lo que me hace sentir vivo.